Sweet Meadows 20, 93 AT

Me tiré de cabeza al agua. Nada se puede comparar a la sensación de tener el cuerpo rodeado de líquido y de poder moverse en su frescura. Me encanta poder venir al lago y zambullirme en él. Mi abuela se hubiese llevado las manos a la cabeza de haber oído hablar de algo así, pienso. Su generación creció con miedo a quedarse sin agua, sin ríos, miedo a vivir rodeada de un mar tóxico y contaminado, apelotonada la humanidad en pequeños islotes habitables. Pero, por fortuna, se aprobó a tiempo el plan SUPE (Salvamiento Universal del Planeta y sus Especies) que plantearon Japón y la coalición del Pacífico, junto la UEA (Unión de Estados Africanos) y el MarcoSur. Recuerdo a mi abuela cuando me lo contaba. Lo hacía con la misma emoción de un adolescente descarado y soñador. Ellos lo pasaron mal, tuvieron que encararse a muchos problemas, pero La Esperanza acabó triunfando.

Ojalá estuviese aquí para ver esto. Recuerdo que me contaba cómo era la vida en el pueblo, allá en la costa. Nunca supe recordar los nombres de los peces y otras criaturas marinas que llenaban sus historias pero no me hacía falta. A mis ojos, esos bichillos no eran lo importante, no lo era al menos su nombre, sino la relación de mi oba con ellos. Parecía que los conocía personalmente, que intercambiaban secretos, que la existencia de uno no era posible sin la del otro.  En su casa llevaban generaciones dedicándose a la pesca, hasta que llegaron las máquinas laburel y, gradualmente, sustituyeron todos los trabajos en los que la toma de decisiones no era algo fundamental. Al principio todo el mundo se escandalizó: surgieron voces de protesta, se organizaron boicots, pero conforme la población fue viendo que perder su puesto de trabajo les permitía poder dedicarse a sus pasiones, la cosa se relajó.  Por lo que cuentan, la incertidumbre y el temor ante el cambio se fueron abandonando a medida que la gente empezaba a tomar tiempo para ellos mismos, cultivando su ser. El gobierno de cada estado asignó a cada barrio varios asesores de humanidad, y las personas que se encontraban más perdidas ante la nueva situación encontraron en ellos el respaldo y confianza necesarios. Tomó tiempo, toda una generación puente, pero finalmente el colectivo de la sociedad se acostumbró a vivir armoniosamente con su ser.

El sistema educacional tuvo que cambiar por completo– al no ser necesario pensar en términos de producción y resultados, experimentó un cambio de paradigma totalmente radical. Internet fue clave para que eso pasase. Ya no era necesario desplazarse para acudir a los centros de enseñanza. Tampoco era necesario seguir un horario de clases, cualquier maestro podía ser consultado desde todos los rincones del mundo. Según decía mi abuela, la Unisource parecía haber salido de la fusión de todos los blogs y foros de usuario. El conocimiento logro llegar al alcance de todos. Eso resultó en un salto enorme en lo referente a las habilidades de cada persona. La generación de mi abuela fue la que lo tuvo más complicado, pues chocaba con su forma de trabajo autónoma y por cuenta propia. En cambio, la de mis padres acabó por consolidar y demostrar lo beneficioso del nuevo sistema. Desde pequeños los educaron a manejar la red y el plurilingüismo tomó central protagonismo en el plan académico haciendo posible que, a la edad de diez años, los estudiantes fuesen capaces de entender y expresarse en inglés, chino, árabe y en una lengua románica, normalmente el español. El resto de las humanidades y las ciencias se enseñaban integrándolas en un programa que combinaba experiencias de primera mano en cada uno de los campos de estudio. Gracias a la tecnología, por entonces emergente, que proporcionaban los dispositivos Platrans, las distancias y el gasto de los viajes se acortaron, posibilitando un entorno de formación transcontinental. ¡Es increíble lo que se consiguió en una sola generación! Solo ciertos visionarios fueron capaces de pronosticar algo semejante –como en el caso del filósofo Met Carsey y su oportuna y acertada escuela del Hopeism/Esperancismo surgida a medianos de siglo, y que daría la base teórica para el cambio. Lo maravilloso es que, contra todo pronóstico fatalista, al cabo de dos generaciones la adaptación al nuevo sistema fue un éxito global, en parte, como reacción inevitable ante la destrucción total que amenazaba la humanidad y el planeta. La economía tradicional demostró ser totalmente incompatible con la profunda esencia del humano y los seres, y después de un periodo de varios años, los gobiernos de las grandes potencias mundiales empezaron a contemplar nuevas posibilidades de coexistencia y desarrollo. Los medios bautizaron ese período con el nombre de “El Juicio Final”.

Mientras los distintos gobiernos formaban coaliciones como la del Pacífico, la UEA y el MarcoSur, hubo un cambio de mentalidad que logró algo que hasta entonces parecía imposible, puesto que había sido la causa de múltiples conflictos: trascender las religiones. A raíz del Consejo Espiritual celebrado a los pies del Monte Bromo a mitades del Juicio Final, las distintas religiones mayoritarias se conjuntaron, firmando el llamado acuerdo de Trascendencia y Búsqueda de la Paz. Consiguieron llegar a acuerdos de coexistencia al hacerse evidente los valores intrínsecos y comunes en cada una de ellas, en parte para protegerse de la radicalización que sufrieron a principios de siglo y en parte como consecuencia natural. Dicho acuerdo no tardó en involucrar a las religiones y credos mas minoritarios. Eso sirvió como precedente para las distintas fuerzas políticas que, una vez vista la posibilidad de unión, decidieron imitarlo firmando el Tratado para la Paz y la Prosperidad, precedente al actual SUPE. Tomó un tiempo hasta que se idearon planes como Unisource o Gohan, este último destinado a gestionar los recursos alimenticios y sus industrias. Una de las materias que generó más debate y que hizo que la firma del tratado se retrasase, fue el referente a la historia. En ese aspecto, los gobiernos demostraron seguir fuertemente apegados al concepto tradicional de Historia, lo que dificultó enormemente la aceptación de la teoría del Principio propuesta por el chino Xao. Según el historiador, antropólogo y biólogo Manuel Xao, todo lo que había pasado la humanidad hasta ese entonces, sólo se podía entender como el principio, como los inicios de las sociedad y forma de vida a la que la especie humana estaba destinada biológicamente. La propuesta de Xao era que, hasta ese entonces, la especie había atravesado una fase crítica de aprendizaje, la cual tocaba su fin, y que sólo podía resultar en una evolución simpática en todos los niveles. En el llamado periodo de adolescencia, cuyo momento estamos viviendo ahora, el desarrollo de las habilidades artísticas, emocionales y espirituales tiene que servirnos para alcanzar el estado de madurez superior: aquel en el que la especie consigue transmutar la materia y pasa a funcionar como un solo ente con distintos elementos y extremidades. Algo parecido, en parte, al entramado celular que forma el cuerpo.

Las ideas de Xao, una vez aceptadas, jugaron un papel clave en las futuras decisiones políticas. El tratado significó la erradicación de todas las fronteras. La humanidad, al entender que su historia lo era en conjunto, se dio cuenta de lo inútil de los límites geográficos. Asimismo, al pasar al nuevo sistema económico, las funciones de las aduanas se inutilizaron. El producto y consumo de bienes volvió al modelo primordial: cada región consume y vive de lo que su tierra produce. Eso no significa que no podamos gozar, por ejemplo, de frutas exóticas, puesto que los avances tecnológicos (tanto de transporte como agrícolas) hacen de ello una realidad.  De hecho, mi plan para esta noche es cenar una ensalada vegetal con mango colombiano, plátanos de canarias y arroz basmati de la India, todo recién cultivado. Nuestro sistema de intercambio y beneficio debe mucho al C2C inicial. La especialización laboral en el ejercicio y desarrollo de las habilidades en las que uno se siente más cómodo, y de las cuales el individuo obtiene más satisfacción, facilita las cosas enormemente. El sistema arcaico de labor y trabajo por un sueldo, que establecía relaciones de capital a cambio de tiempo, demostró ser solo beneficioso exclusivamente para una minoría privilegiada que amasaba poder y fortuna. En cambio, nuestra sociedad permite al individuo desarrollar su pasión sin preocuparse, ni por el beneficio económico que va a obtener por ello, ni por el tiempo. Cualquier tarea en la que uno se embarque la hace con la tranquilidad y confianza de estar libre de presiones, puesto que el único objetivo es la satisfacción del artesano con su arte.  Y lo que es más importante ¡No existen tareas consideradas inútiles! La clave de todo esto es lo positivo que resulta para las personas. Si lo comparamos con lo que vivió mi abuela, ahora no debemos responder a ningún tipo de presión social, ni tampoco obsesionarnos con ser productivos –según la teoría y discurso del Principio, al ser todos beneficiosos para el conjunto, cada cual aporta su individualidad única y excepcional y todas nuestra acciones resultan productivas. Otro factor a tener en cuenta y al cual le debemos esa libertad enormemente, es la evolución y desarrollo tecnológico que ha hecho posible la creación de los androides Laburel y la fabricación de maquinas capaces de lo más sorprendente, facilitándonos la vida de una manera antes inimaginable. Aún siguen existiendo cocineros, albañiles, pescadores, agricultores, etc., pero el sistema actual se asegura que cualquiera que ocupe una posición, digamos laboral, lo haga porque su ser más íntimo le exige ese tipo de trabajo, lo que garantiza una satisfacción sólo al alcance de una minoría afortunada en los tiempos de nuestros antepasados. El sistema asegura y garantiza, de esta forma, la ausencia del delito y lo fútil de este. Otro de los beneficios del nuevo sistema resultó en una disminución casi absoluta de los actos violentos. Según Carsey, al eliminarse la violencia del estado y del mercado la gente se siente arropada, protegida e integrada por el conjunto de la sociedad, lo que asimismo limita las acciones violentas específicamente a la infancia, donde cierto comportamiento al natural es experimentado, procesado y superado, gracias a una educación centrada en potenciar las cualidades exclusivas y propias del humano como son la razón y el lenguaje, pero sin desdeñar la parte más salvaje, emotiva e irracional.

En el corto periodo de tiempo que llevamos viviendo en estas condiciones, grandes diálogos han sido registrados en favor de la humanidad al completo. Grandes ideas han podido ver la luz, en parte, como resultado directo de esta liberación de la presión brutal de la fuerza. La ley del más fuerte ha sido remplazada, no por la ley del más listo o lúcido, sino por una ley que contempla todas las opiniones como forma de enriquecimiento de conjunto. Esto es posible al enfatizar el entrenamiento temprano en las artes, la dialéctica, la filosofía y la teología, dotando a los aprendices de herramientas válidas para impulsar la autoestima y la confianza en sus posibilidades y sentimientos. Gracias a esta postura hoy disfrutamos de grandes poetas y la literatura colma nuestras vidas de sensaciones y placeres para la mente que antes sólo atisbábamos esporádicamente ante la genialidad de ciertos maestros como lo fueron Camus, Hesse, Unamuno o Joyce. La conexión que sintieron con la vida y el arte estos afortunados principales, ahora está la alcance de todo el conjunto de la población del planeta. Nada es obligatorio y además se ha conseguido invertir un factor que antes nos iba a la contra, como es el tiempo, para que vaya a nuestro favor. Lo hemos relativizado al entenderlo como un campo de posibilidades y no como un obstáculo. ¡Hemos recuperado el tiempo a favor de las futuras generaciones! No más invertirlo en un trabajo que sólo nos desgasta sin dar nada a cambio. El Esperancismo ofreció al mundo una visión más allá del humanismo y de sus posibilidades. Al hacer hincapié en las cualidades potenciales ideales, dotó al mundo de una visión que le permitía expresarse y ser al completo, sin enfrentamientos, haciéndole entender las posibilidades de la humanidad mas allá de los intereses individuales o particulares. ¡Menuda cura! ¡Qué descanso para el espíritu! La verdad, no puedo imaginar el infierno emocional al que debían estar sometidas las generaciones iniciales. Miles de palabras quedaron en desuso al desaparecer los referentes conceptuales que representaban. Palabras como egoísmo, envidia, ira, han tomado una dimensión histórica y sólo se usan en cuanto nos permiten entender el Principio.

Ojalá mi abuela hubiese podido vivir esto pero, a la joven edad de setenta y dos años, murió. En ese entonces los aparatos de aire acondicionado aún no estaban al alcance de todos y por falta de uno de ellos, no pudo soportar las altas temperaturas de la península. Poco después, cuando mi madre tenía cuarenta años y yo aún no había nacido, la Unisource hizo posible el desarrollo e instalación de nueva tecnología térmica en todos los hogares del mundo. La tecnología nos liberó poco a poco de ciertas cargas pero, a pesar de todos esos avances, siempre he sentido una especie de simpatía por la forma en la que vivieron nuestros antepasados –aunque entiendo el proceso evolutivo y no soy de esos a los que les gusta vivir como lo hacían las generaciones pasadas, desprovistos de ciertas tecnologías y siguiendo sistemas sociales y educativos principistas. A pesar de todo, estas comunidades llamadas Walden, viven en equilibrio y respeto con las nuestras. El contacto entre las dos es frecuente y beneficioso para ambas partes.  Gracias a ellos podemos entender parte de la grandeza humana, capaz de producir tal variedad de seres y mentes como colores hay en la naturaleza. El mundo, a día de hoy y a pesar de la expansión global, tiene el entramado y configuración de las pequeñas comunidades, donde todos somos próximos los unos a los otros y trabajamos para el equilibrado bien común.

Sin ir más lejos, cerca de esta pequeña cabaña a orillas del lago Panguipulli desde la que escribo, habita una comunidad cuyos estándares tecnológicos tienen como referente los del siglo XIX de la antiguamente llamada era Cristiana. Es cierto que no se puede decir que vivan exactamente tal y como se hacía en el S.XIX, puesto que ellos han elegido esa forma de vida después de pasar por cierto periodo de formación en el nuestro, pero las nuevas generaciones nacidas en esas comunidades disfrutan de la paz y la falta de amenaza externa que no tuvieron aquellos en los que se inspiran, por lo que, en cierto modo, el resultado posible de tal experimento es una incógnita. A pesar de la duda, confiamos en este tipo de proyecciones. Sus gentes demuestran ser solidarias entre ellas, como nosotros, y su vitalidad o agilidad mental no tiene nada que envidiar a la nuestra. Lo único que les diferencia es la escasez de recursos y la falta de acceso a cierta información, lo que  les obliga a un diálogo distinto en forma y contenido al nuestro.A excepción de eso, gozan de las mismas libertades que todos nosotros, viven en paz y harmonía, y su alimentación es igual de autosuficiente que la nuestra. Esencialmente, la humanidad en ellos y la que hay en nosotros es la misma, puesto que experimentan emociones y sensaciones de la misma forma que lo hacemos nosotros.

Al contemplar las aguas del lago me gustaría poder hablarle a la generación de mi abuela para decirle que todo el miedo y sufrimiento por el que pasó, la lucha que llevó a cabo su gente para no terminar con el maná de la tierra, no es más que una nota en la blogalaxia, un punto más dentro de la cronología y los estudios sobre el Principio.  El plan SUPE hizo posible la recuperación de los recursos naturales, dándonos la oportunidad de volver a disfrutar de paisajes no vistos durante siglos. También ha hecho posible que haya paz entre los pueblos que habitan el planeta, que las diferencias nos sirvan para enriquecernos y no para separarnos. Les diría que los avances tecnológicos surgidos fruto del esfuerzo conjunto a través de Unisource nos han dotado de una movilidad y habitabilidad antes impensable, sólo presentes en mundo de ciencia ficción. Imaginad la vida como os la estoy contando. Haced el esfuerzo de creer en la Esperanza de lo exquisito en nosotros. Creedme cuando os digo que somos felices porque ese es nuestro destino, el de todos. Les diría que aquí y ahora, en este rincón del planeta, donde no necesito del aire acondicionado que siempre tengo en marcha en el apartamento de Bamako, es donde decido pasar la mayor parte de los meses calurosos. El contraste con Mali es asombrosamente gratificante e inspirador. Además ¡el pescado es delicioso! Los vecinos, tanto los que viven la mayor parte de su tiempo en la zona o los de las comunidades Walden, cómo los que vienen regularmente, son gente que aprecia la tranquilidad. Nos gusta pasear por la zona y, mientras contemplamos nuestros pensamientos, nos sentamos a dialogar a lo alto de un terrón con vistas al lago. Tengo por costumbre acompañar estas charlas con una bota de vino de la región, excelente al paladar y a la nariz. En estas reuniones solemos intercambiar palabras, objetos, comida, arte –dependiendo de lo que pueda aportar cada uno– aunque lo mas importante de lo que intercambiamos es la presencia, el contacto físico de uno con el otro, las miradas. A veces solamente nos sentamos y miramos, apenas sin decirnos nada pero comunicándonos mucho. Es en esos momentos en los que puedo atisbar un destello de aquella madurez de la que habla Xao. En particular, hay una persona con la que me gusta compartir mis ideas. Su nombre es Emeina. Tiene una habilidad con la música que consigue que mi ser vibre de una forma única, a veces consiguiendo que me derrita y me quede embobado, extasiado en un trazado musical que al parecer me carga de energía en cada sesión. A ella le fascinan mis poemas y mis habilidades culinarias y el intercambio entre nosotros es siempre tan generoso que nos hemos propuesto descubrirnos a fondo el uno al otro.  Creo que, a pesar de que es un término aún complicado de definir y concretar, estamos enamorados. Sentimos ese anhelo por el otro, ese deseo romántico, vital y esencial de fusionarnos. Un sentimiento que me recuerda al que emanaba de la relación que tenía mi oba con las criaturas el mar. Sí, ya sé que no nos conocemos mucho aún pero tengo la esperanza de que esto sea solo el principio de algo tan bello como el mundo que vivimos y la gente que lo habita. De momento, voy a zambullirme y dejar de nuevo mi cuerpo refrescarse entre las aguas del lago. Me apetece.

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