Cadenas y límites.

Esto es demasiado, no lo aguanto. Todos los días son iguales, es peor que en la escuela. Maldita escuela. Qué manía con el horario. Aquí es igual, todo tiene su horario, no lo habría imaginado así. Claro que escuché historias pero nunca pensé que fuese tan duro. Lo peor de todo es que uno se olvida de quién es, vive extraño, a veces incluso cuesta encontrar las fuerzas para seguir adelante. Pero la gente sigue, todos seguimos, esperando encontrarle sentido mas allá. Algunos de mis compañeros no saben qué pensar, muchos de ellos callan, unos pocos se atreven a vivir olvidándose de donde están. Supongo que esto es mejor que nada. Los golpes se sienten distinto, mas sordos, aislados, a solas, en una cama dura y fría. Pensar que toda la vida me dijeron que anduviese con cuidado, que no fuese un pringado. Miradme ahora. Aunque no sea nada cómodo, he aprendido a disimular, a pasar desapercibido, a reír las gracias de los que están por encima. Vaya vida, nano. ¿Cómo puede ser que haya acabado así? Aunque siendo sincero, no sé si es lo mejor. Puede que así sea, puede ser que esta tranquilidad sea cierta y que toda la vanagloria de antes sea tan fría e inútil como los barrotes de las celdas. Me cagüen. Ni loco, vaya. Ni loco vuelvo a correr perseguido por perros. Parecía divertido. En serio, es como esos niños pijos que se tiran haciendo puenting, o yo que sé qué cosas para sacarle la adrenalina al cerebro. Nosotros corremos delante de los perros, enganchados al subidón que nos da el solo pensamiento de unas manillas en la muñeca. Mis cadenas las elijo yo, decía el Tito. Perra vida, tete, perra vida.

Recuerdo la primera vez que me llevaron de excursión. Quería hacerme un nombre y me juntaba siempre que podía con los grandes. Era un chiquillo, fumaba porros en la plaza del bloque, iba al centro a robar CDs en el Corte Inglés y a los piojosos les robaba la chupa o lo que fuese. Le vacilaba a todo el mundo, a Mauricio, a Pascual. El barrio siempre fue violento y me llevé más de un tortazo. Un niño deja de serlo demasiado pronto en sitios como Cañada Real, Palma Palmilla, las Mil viviendas o la Mina. Fue un fin de semana, mi Tito era autónomo, se dedicaba a la harina, y necesitaba a alguien para llevar un pedido que le hacía un señorito de la universidad. Hacia poco que había vuelto al barrio después de unas vacaciones y no quería arriesgarse, así que me mandó a mi. – A ver qué puedes hacer, Joselito–me dijo, –acompañarás al Largo al centro con esto bien guardado. Si ves que falla algo, te escaqueas ¿claro? Mauricio es el mayor y ya conoce al payo así que él es que tratará el asunto. Respondí que estaba clarísimo. Fuimos en metro y pasó que en la parada del centro había dos polis con el perrito y acabamos corriendo. Yo estaba nervioso pero disimulaba bromeando y montando escándalo. El Largo me dijo que me calmara, que si estaba tonto, así que me callé. Estaba tenso y no creo que mi andar fuese  muy natural. El chucho empieza a ponerse nerviosos y a tirar de la correa, los ojos clavados en mí. El poli, que no no estaba por la labor, tardaba en reaccionar. Intenté precaver a mi primo pero no había manera de hacerlo sin llamar la atención así que me arrodillé como para atarme los zapatos.  –La pareja viene pa’ca–, me dice el primo. Así que empiezo a andar para el pasillo de transbordo en vez de para la salida. El Largo me dice que me calme pero yo estoy cagao y cada vez sudo más y camino más rápido. Y el puto perro tirando de la correa.  Maldito el Tito por no envolverlo mejor, pensé. Gritaron algo y, sin mirar atrás, empecé a correr como un loco. No me pillaron y a mi primo lo dejaron ir porqué no llevaba nada. Ya en el barrio se rieron de mí, a pesar de lo orgulloso que estaba mi Tío por lo rápido que reaccioné. Así fue como me metí en el negocio hasta que, años después, una de las ratas envidiosas me mandó la madera a casa y hizo que me metieran en una celda por tres años.

Gracias a Dios, todo eso ya quedó atrás. Ya no lloro a escondidas al pensar en mi madre. Se acabaron las horas eternas comiendo techo, acechado por los ruidos del corredor: la humana sinfonía de ronquidos mezclada con los sollozos de los que lloran y los suspiros de los que se masturban. Se acabó el callar mi lamento en la almohada. Terminas diciendo que te acostumbras. Es mentira. Extrañé mi familia cada día de los que estuve preso. Moría al saber que mi hija crecía mientras yo solo la veía en fotos, volviéndome un extraño a sus ojos. Basta de peleas para liberar la tensión que ejercían esas paredes y la tortura al oír a los que, afuera, vivían sin límites. Prefiero mil veces decirle que sí al estúpido del jefe donde trabajo que el dolor sordo de ser incapaz de intercambiar abrazos y besos con los tuyos. Aquí fuera, el orgullo es solo el complemento perfecto de la ignorancia de aquellos que no saben lo que es la verdadera libertad. La libertad de reír y llorar con tus seres queridos.

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