Ante todo, Julio.

Solo tenía que ir. Si. Ir. Soñé tanto con ello. Lo imaginé tantas veces. Pero no podía, me lo impedían esas bromas, las maneras en las que las hacían, hasta llegar a sentirme incomodo con mis gestos. – Soy gay, mama. No, suena demasiado raro. No puedo decirlo. No puedo.

– Papá, me gustan los hombres. Si claro, como que uno le puede decir eso a su padre. Debo estar volviéndome loco. Pero me gustan, más que las mujeres. Ellas me parecen, no sé, como que se van a romper. Son demasiado simples y complicadas, en cambio, los hombres son complejos y sencillos. Y fuertes. Me gusta que sean fuertes. Solo tenía que ir.

Tuve una novia. Nos llevábamos bien y el sexo era muy placentero, lo reconozco. No debería ser tan extraño ¿No? Las sensaciones son físicas y no se pueden evitar. Me ponía cachondo porqué me tocaba, porqué me excitaba la idea, sentía que estaba cometiendo algún tipo de maldad. Su cuerpo no me atraía, lo que lo hacia era la idea de ser tocado, mordido, lamido, besado e incluso escupido. Era de caderas grandes y pechos pequeños. Tenía los brazos casi mas anchos que los míos y el pelo cortito. Mi madre decía que era muy masculina y yo defendía su libertad, la libertad de saltarse los clichés, de no depilarse, de no cruzar las piernas. Eso hacia a mi madre muy miserable y mi padre no entendía que me gustase una chica así. Para mi era un juego: nos llevábamos bien, reíamos mucho y nos hacíamos compañía. No me di cuenta de que ella se enamoraba de mí. No lo vi, sencillamente. Tras unos meses de estar saliendo juntos dejamos de hacer el amor. Me inventaba excusas, me hacía el despistado y si eso no funcionaba, entonces lo hacíamos muy rápido y yo casi no la miraba.

–Estás bien? – me preguntaba. –Si ¿Por? – Casi no me miras, siento como si de repente te avergonzaras de lo que hacemos.No sabia que inventar ni tampoco tenía ganas de mentir, así que me quedaba callado o me daba la vuelta hacia ella y la abrazaba. Ella tomó eso siempre como una manifestación de mi sensibilidad. – Eres tan sensible, Julio. Por eso me gustas– me decía. – eres distinto a los otros chicos. Ellos solo piensan en sexo y en ellos mismos, No saben ni acariciar.

Marina, si lees esto, quiero decirte que lo siento. Menudo sorpresón te llevaste. Aún no entiendo como no te diste cuenta de como miraba a tu hermano mayor, a él y todos los otros chicos, vaya. Reconozco que fuiste buena, eso si que lo puedo decir, y te debo disculpas. Realmente espero que algún día entiendas que tus acusaciones no tiene fundamento. No te usé, te quise. Pero nunca podría haber sido feliz a tu lado y tú tampoco hubieses querido vivir en semejante farsa. Fue mejor cortar. Terminar con el paripé, decirte que me había desenamorado. Preferí sufrir mi condición en soledad que cubrirla en un engaño. Por eso, al final, me fui.

Llegué a San Francisco una tarde de Octubre. Al salir por el metro de Castro no creía lo que veían mis ojos. Hombres, muchos, besándose y cogidos de la mano. Chicos jóvenes también, incluso mas jóvenes que yo, queriéndose, abiertamente ellos, sin temores. Una gran bandera arco iris otorgaba al barrio con el título de “Capital Homosexual del Mundo”. En medio de esa demostración de libertad cosmopolita me sentí muy castellano y pueblerino. Me acojoné, lo reconozco, y empece a pensar si no me habría equivocado. Me sentí ridículamente idiota numerosas veces, pero siempre había un hombre, un chico, o una loca, con el que compartir mis miedos, dispuestos a ayudarme. Sin ellos, a lo que cariñosamente llamo las abuelas oso de San Fran, no habría llegado a ser el hombre que quiere libremente y sin mentiras que soy. Ya sé eque en el pueblo todos me llaman el mariquita yanqui, se lo oigo decir cuando vengo de visita. Pero ellos no saben que, al irme del pueblo también me fui de sus prejuicios.

(Presentado al IV concurso del Colectivo “No te prives”)

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